domingo, 5 de noviembre de 2017

Hay personas que cambian veranos.

Esa época donde
nadie planea,
sólo vive,
se deja llevar.

El primer verano
de toda tu vida
lo pasaste en pañales
y sin recuerdo.

Los siguientes
catorce veranos
los pasaste en
casa de tus abuelos.

Ya con quince
pasabas noches
donde la mayor preocupación
era dónde pasar el tiempo.

A los diecisiete
tu primo trajo
a un nuevo amigo
que te haría vivir.

A los dieciocho
no pisas tu casa
a no ser
que sea a comer.

Con veinticinco
dormías de día,
de noche salías
sin saber cómo llegarías.

Los últimos veranos
de tu vida
los pasarás en casa,
con tus nietos.

El último verano
de toda tu vida
recordarás los momentos,
recordarás las personas.

Recordarás a la chica
que vivía dos casas
más abajo con la que
ibas a jugar cada día.

Recordarás al chico
que se cayó del skate
en el parque el día
que llovía sin parar.

Recordarás al amigo,
al que trajo tu primo,
el que te hizo vivir,
el que te hizo sentir.

Recordarás los bares,
los del pueblo,
donde pasaste horas
con una triste fanta.

Recordarás cómo llegabas
a casa cada noche,
darás las gracias
al sobrio del grupo.

Recordarás a tu abuela,
la que te hacía
la comida todos los días
para cuando llegabas de fiesta.

Recordarás tu primer verano,
el bigote de tu abuelo,
la comida de tu madre
y los consejos de tu padre.

Llegará el último verano
y te darás cuenta de algo,
cada verano que pasaste
hubiera sido completamente diferente
si hubiera faltado
una sola persona.

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